jueves, 12 de octubre de 2017

Deseos que mandan






   La vida sexual de una mujer hedonista es una mezcla de su propia biología, de las reglas de la sociedad en donde vive y del aprendizaje íntimo en su búsqueda de placeres. El deseo surge de nuestro cuerpo y la mente lo interpreta y busca ejecutarlo intentando amoldar ese deseo al cumplimiento de ciertas reglas indispensables en la vida en comunidad.  

   La idea de que el deseo nace y crece como consecuencia de lo que el ambiente nos propone es falsa. Esa idea construccionista, que parece engendrada del antirrealismo de los posmodernos, tiende a ver a las personas como simples monigotes determinados por el contexto y por las ideas hegemónicas. La sexualidad humana es propuesta como una figura inmersa en un juego de apariencias detrás del cual no hay realidad ninguna. Nos quieren hacer creer que no existen los deseos propios, que todos nuestros gustos nos han sido impuestos desde afuera

   Yo no elegí al deseo. Mucho menos acepté el deseo que otros eligieron para mí. Fue el deseo quien me eligió. Mi deseo manda. Los mecanismos de control que gobiernan a la sociedad pueden condicionar nuestros actos y nuestra conducta pero tienen muy poca influencia en los deseos sexuales que nos dominan. Vos y yo vivimos en la misma sociedad pero cuando elegimos masturbarnos en la intimidad, libres de toda influencia externa, las ensoñaciones que me conducen al orgasmo son muy diferentes a las tuyas.

   Los circuitos que se conectan en lo profundo de mi mente en una masturbación son los que controlan lo que deseo y lo que no. Cuando de lo que se trata es acceder a ese delicioso orgasmo en soledad, lo que racionalizo y lo que me enseñaron se vuelve muy poco relevante.

  En nuestras privadas ceremonias de placer, las mujeres sádicas construimos figuras masturbatorias de fantasía que no compartimos con nadie. Con los años, se van perfeccionando y afinando. Las guardamos en un secreto cofre hasta el momento en que detectamos a un alma sumisa, hombre o mujer, a quien sometemos para hacer carne nuestra fantasía. Mi deseo me sigue mandando pero ahora también manda sobre mi víctima sumisa. El deseo de una se ha transformado en un juego de poder entre dos. Gracias al poder de someter sexualmente a otra persona, puedo dejar atrás el mundo fantasioso de la masturbación, atravesar el espejo y alcanzar el otro lado donde me esperan los orgasmos del sexo sádico. 






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